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Aquí entramos en el campo de la enseñanza propiamente
dicha. En efecto, desde el primer día deberá
comenzar a explicarle al cachorro cual es su nombre, y darle
a entender que cuando le llaman debe acudir necesariamente.
Como todo el mundo sabe, el nombre debe ser breve y claro:
si el que aparece en el pedigrí es largo y altisonante,
invéntele un nombre casero corto y resonante
(y a ser posible no demasiado común: no es agradable
ir al parque, llamar ¡Boby! y ver como llegan
cuatro o cinco hocicos sonrientes).
Pero ahora veamos la regla mas importante: el nombre, para
el cachorro, no debe equivaler a la llamada. El nombre
es un nombre, la llamada es una orden. Considerarlos sinónimos
sería un grave error.
Así pues, la orden completa no es "¡Sultán!",
sino "¡Sultán! ¡Ven!"
(o bien "¡Aquí!", o "¡Komm!",
en alemán).
La razón estriba en que es absolutamente imposible,
para un ser humano, contenerse de exclamar "¡Sultán!"
cuando se descubre que el cachorro ha volcado el cubo de la
basura en la alfombra persa y que ahora esta sentado en medio
de la misma con aspecto claramente satisfecho.
Es imposible contenerse de gritar "¡Sultán!"
cuando nos damos cuenta de que el cachorro se esta comiendo
la comida del gato de los vecinos, y es imposible no susurrarle:
"Oh, Sultán...", cuando el nos pone
el hocico en el regazo y nos pone ojos de Bambi.
Por último, al menos mil veces estaremos hablando
con amigos y diremos: "Sultán ha hecho
esto, Sultán ha hecho lo otro." Y el cachorro
está allí escuchándonos.
¿Dónde radica el problema? Simplemente en que
la llamada debe ser una orden indiscutible. Cuando oye la
llamada, el perro debe correr inmediatamente junto
a su mano. Si como llamada usamos el simple nombre, el perro
lo oirá en mil ocasiones distintas de aquella en que
se le pide que acuda. Al oír Sultán nunca
sabría si lo estamos llamando, regañando, felicitando,
o simplemente citando en una conversación, y la eficacia
de la orden se vería comprometida (en el tiempo que
el emplea para entender que en este caso lo estamos llamando
de verdad, podría ir a parar debajo de un coche, o
acabar de cometer un acto vandálico).
Si, por el contrario, oye decir: "¡Sultán!
¡Ven!", no podrá tener vacilaciones, porque
sabe perfectamente que se trata de una orden; también
podríamos limitarnos al simple: "¡Ven!",
pero yo sugeriría que siempre fuera precedido del nombre,
porque sirve para atraer la atención del perro y, por
tanto, para reforzar la orden.
Pero, ¿como hacer que venga el cachorro?
Ya hemos dicho que él no sabe castellano, y que oír
la orden: "¡Sultán! ¡Ven!",
o una frase como: "¡Hola! ¡Tomate!",
para él es lo mismo. Así pues, ¿cómo
hacernos entender?
La forma más simple es aprovechar el principio de
asociación y llamarlo las primeras veces cuando ya
está viniendo hacia nosotros. El cachorro es despierto
y tiene una inteligencia muy dispuesta, por lo que asociará
rápidamente la orden con la acción de venir.
Ahora debemos explicarle que responder a la llamada es algo
gratificante y, por tanto, le premiaremos con felicitaciones,
caricias y algún que otro bocadito cada vez que acuda
a nuestro "¡Sultán! ¡Ven!".
Sin embargo, hasta ahora lo hemos llamado única y
exclusivamente cuando ya estaba viniendo. Antes de pasar a
la prueba de fuego, para verificar si el cachorro ha entendido
de verdad el significado de la orden, debemos ponerle un collarcito
atado a un cordel largo y fino que no le ocasione ninguna
molestia.
Si el cachorro no estuviese habituado ya al collar, dejemos
el ejercicio para más adelante y démosle tiempo
primero para habituarse a este extraño artefacto (se
rascará durante unos minutos, tal vez trate de quitárselo
con las patas, luego se olvidara de él); si el cachorro
lleva ya tranquilamente el collar, procedamos.
Esperemos a que el cachorro esté tranquilo y no ocupado
en algo particularmente interesante como roer un hueso, y
luego demos la orden: "¡Sultán! ¡Ven!"
Si acude, felicitémoslo, premiémoslo, y démosle
a entender que estamos muy contentos de su éxito.
Si no acude, tiremos del cordel atado a su collar y hagámosle
venir por fuerza. Por fuerza no significa con la fuerza: debemos
atraerlo hacia nosotros, pero suavemente, sin arrancarle el
cuello.
Nosotros no podemos saber si el cachorro ha desobedecido
porque aún no ha aprendido la orden o porque no tenia
ganas de venir, pero de esta forma obtenemos dos objetivos:
- le permitimos oír una vez mas la orden;
- le damos a entender que la cosa es ineluctable: cuando
oye decir: "¡Sultán! ¡Ven!"
debe precipitarse, o una fuerza inexplicable le obligará
a obedecer de todas formas.
Como último refuerzo, cuando el cachorro haya llegado
junto a nosotros, deberemos acariciarlo y premiarlo exactamente
como si hubiese venido por su espontánea voluntad.
Más adelante, cuando estemos plenamente seguros de
que el cachorro ha adquirido una buena llamada, podemos llamarlo
sin predisponer el truco del cordel. Pero a la primer a falta
volveremos a usarlo, porque el cachorro debe convencerse de
que es imposible desobedecer a la llamada.
¿Y esa única vez que desobedece sin cordel?
Saldremos corriendo como liebres, sin volver a mirarlo. Un
poco por miedo de quedarse solo y un poco porque nuestra carrera
estimulará en él el instinto predador (que siempre
lo incita a perseguir a quién corre), el cachorro nos
seguirá y por tanto habrá obedecido a nuestra
llamada. Cuando llega, caricias y felicitaciones como siempre.
Nunca le pegue al perro cuando llega, aunque
llegue dos horas más tarde. El cachorro no es capaz
de una abstracción complicada como: "Me castigan
porque antes he desobedecido", sino que hará
un razonamiento mucho mas elemental: "Me castigan porque
ahora he venido." Y ya no volverá a venir,
temiendo que lo llamen para pegarle.
Pegarle al perro que vuelve es el sistema mas directo (¡y
por desgracia más utilizado!) para estropear completamente
la llamada. Deseo insistir en ello, porque muchos amos cometen
este error de buena fe (y hasta presumen de ello) y luego
se asombran con ese imbécil de su perro que
nunca obedece a la llamada, a pesar de las severas lecciones
recibidas.
Atención: es fundamental que la llamada se le enseñe
al cachorro desde muy pequeño, tan pronto como entra
en la familia. De esta forma el ejercicio será fácil,
divertido, de rapidísimo aprendizaje y muy poco susceptible
de regresiones (para el perro alcanzar al amo es una alegría
espontánea y natural y es necesario equivocarse absolutamente
en todo para lograr transformarla en una experiencia desagradable).
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